Hace un tiempo estuve visitando la comunidad indígena Sucusari, en el río del mismo nombre, un afluente del Napo, en la Amazonía peruana. Don Sheba, un viejo amigo y respetado líder de esta comunidad del pueblo Maijuna, me comentó:
“Maá, se nos están yendo los jóvenes, vamos a tener que vender nuestra madera para sacar algo de platita”.
Me quedé de piedra.
Con Don Sheba y otros líderes Maijuna había trabajado desde hace más de tres lustros para impulsar una reserva que protegiese el territorio tradicional de este pueblo. Después de más de siete años de lucha de los pueblos Maijuna y Kichwa, y sus aliados, se logró en 2015 la creación del Área de Conservación Regional Maijuna Kichwa.
Con casi cuatrocientas mil hectáreas entre los ríos Napo y Putumayo, esta área protege una de las zonas con mayor biodiversidad del planeta.
Pero proteger un territorio no resuelve por sí solo otro desafío fundamental: ¿cómo generar oportunidades económicas para las personas que viven en él sin destruir el bosque?
En 2010, las cuatro comunidades Maijuna descartaron la extracción de madera y optaron por impulsar bionegocios basados en el aprovechamiento sostenible de la biodiversidad, como artesanía con fibras y semillas, ecoturismo, recolección de frutos del bosque, pesca y caza.
Sin embargo, las necesidades económicas siguen creciendo.
Los habitantes de la Amazonía también aspiran a acceder a mejores servicios, educación, salud, comunicación y bienes que requieren ingresos económicos. Y cuando conservar el bosque no genera suficientes oportunidades, otras actividades pueden resultar más atractivas.
Este es uno de los grandes desafíos de la conservación amazónica: hacer que mantener el bosque en pie también tenga sentido económico para quienes viven en él.

La biodiversidad amazónica tiene un enorme potencial para generar bienes y servicios cada vez más valorados por los mercados.
Los productos cosechados de bosques sin talar están ganando espacio. Entre ellos se encuentran frutos de palmeras como el aguaje y el azaí, además de fibras, látex, resinas, aceites, hongos y miel de abejas nativas.
El aguaje, por ejemplo, ocupa millones de hectáreas de humedales en la Amazonía peruana y sus frutos tienen aplicaciones en mercados alimenticios y cosméticos.
Pero tener un recurso con potencial no es suficiente.
Para convertirlo en una oportunidad económica sostenible es necesario comprender el recurso, desarrollar capacidades para aprovecharlo responsablemente, mejorar procesos, asegurar calidad y conectar la producción con mercados capaces de valorarla.
A finales de 2024, la comunidad de Sucusari evaluaba la posibilidad de realizar una extracción intensiva de madera como alternativa para generar ingresos.
Tras analizar los riesgos e impactos de esta actividad, la comunidad decidió posponerla y continuar explorando otras posibilidades.
Actualmente, Amanatari trabaja junto a Sucusari y otras comunidades Maijuna en el desarrollo de oportunidades económicas vinculadas al bosque, entre ellas el aprovechamiento de fibras de palmeras silvestres y la crianza de abejas nativas.
Son caminos distintos, pero responden a una misma pregunta: ¿cómo convertir el valor que ya existe en el bosque en oportunidades reales sin destruirlo?
La conservación de la Amazonía difícilmente podrá depender únicamente de áreas protegidas, cooperación internacional o regulaciones.
También será necesario demostrar que el bosque en pie puede generar valor suficiente para contribuir al bienestar de las comunidades que lo conservan.
Porque, al final, una de las mejores formas de proteger el bosque puede ser hacer posible que conservarlo también genere oportunidades para las comunidades que viven en él desde tiempos inmemoriales.
Adaptación para la web de Amanatari del artículo “Amazonía: ¿quién pagará la factura?”, publicado originalmente por José Álvarez Alonso en la revista Quercus, mayo de 2025.